Hacia delante

Mis pies se sentían pesados; las palmas de mis manos comenzaron a sudar, y me pareció que mi corazón dejaba de latir. Me dominaba una sensación de vacío, pero no le puse atención. ¿Por qué me sentía tan nerviosa? Los escritorios todos miraban hacia el frente. Tranquilamente tomé mi asiento. El examen del ACT había llegado. Estaba preparada.

Pensé en cómo hace unos cuantos días atrás este día se sentía tan lejos. Recuerdo claramente intentar reunir todas las cosas que necesitaba para el día del examen: una identificación con foto, una copia de mi boleto de admisión, y mi calculadora. La noche anterior me aseguré de no estudiar, y por la mañana me preparé un gran desayuno. Pero cuando mi mamá me avisó que era tiempo de irnos, una gran sensación nerviosa invadió mi cuerpo. Hacía frío afuera, y mi suéter no ayudó a cubrir el escalofrío que sentía. Al llegar al edificio donde presentaría el examen, lo primero que hice fue buscar una cara conocida. No encontré ninguna. Ahora, esperaba sentada a que pasaran los minutos que me separaban del examen para el cual me preparé con tanta anticipación. Las siguientes cuatro horas fueron de extremada concentración. Me sorprendió que no se me hiciera nada difícil el examen hasta que nos ordenaron continuar con la siguiente sección: matemáticas. Respondí primero lo que entendía, después intenté responder el resto. Me aseguré de contestar cada pregunta, aunque mentiría si digo que no tuve que adivinar en ninguna pregunta. Lectura y ciencia no me preocuparon mucho.

Todo acabó, y ahora lo único que puedo hacer es esperar. Esperar para ver si mi conocimiento fue suficiente para conquistar mi meta. No puedo hacer nada, solo pensar positivamente y confiar en mí misma. Ahora mi vida continúa su curso original: tareas, ayudar en mi casa, y continuar con mis amistades.

Mi último año, lleno de momentos inolvidables; mi futuro más claro que nada y todo marchando como lo he planeado, siempre hacia delante.